La escritora y activista canaria rememora su trayectoria vital marcada por la búsqueda del amor, la libertad y la autenticidad en una conversación con Marisol Ayala desde Agaete.
Por Redacción | RADIO LAS PALMAS
A los ochenta años, Lorenza Machín Alarcón, poeta, actriz y activista feminista, repasa su vida con serenidad y lucidez. Nacida en Las Palmas de Gran Canaria en 1946, vivió una juventud marcada por las normas impuestas a las mujeres de su tiempo, un matrimonio sin amor y un despertar tardío que cambió por completo su rumbo. En esta conversación con la periodista Marisol Ayala, producida en Agaete y emitida dentro del programa Buenos Días a las 8 que dirige Dulce María Facundo, la autora de Aurora Ocaso comparte una historia de valentía, amor y dignidad que sigue inspirando a generaciones.
Infancia y silencios
¿Cómo recuerdas aquella educación de las niñas nacidas en los años cuarenta?
Crecí en una época en la que solo nos enseñaban obligaciones. A las niñas se nos pedía ser silenciosas, sumisas, correctas, y nadie nos hablaba de derechos. Me comprometí con 14 años y me casé con 19, convencida de que el matrimonio me haría feliz. Fui esposa y madre, pero viví sin amor. Cumplía con lo que se esperaba de mí y me convencí de que no había otra manera de ser mujer. Esa fue mi primera cárcel: creer que el deber era más importante que el sentimiento.
¿En qué momento comenzó a romperse ese modelo de vida?
Cuando salí a la calle y descubrí que había otras formas de luchar y de vivir. En Fuerteventura participé en movimientos vecinales que defendían la sanidad y los derechos de las mujeres. En casa era la esposa obediente, pero fuera me sentía libre. Mis luchas sociales llenaban los vacíos de mi vida conyugal. Era como si existieran dos Lorenza: una doméstica, disciplinada, y otra que empezaba a entender la rebeldía como una forma de existir.
Despertar y búsqueda
¿Qué te llevó a poner fin al matrimonio?
Después de tantos años supe que no podía seguir viviendo sin amor. Me divorcié a los 58 años. Durante dos años busqué un hombre que llenara ese vacío que creía tener, pero en realidad buscaba fuera lo que no hallaba en mí. Llegó un momento en que me pregunté por qué debía seguir cediendo. Comprendí que mi felicidad no dependía de otro, sino de reconocer quién era. Y justo entonces la vida me puso delante un espejo inesperado.
¿Cómo se produjo ese descubrimiento?
Un día entré en una tienda y vi unos ojos que me miraron distinto. Volví al día siguiente y me detuve en su sonrisa. Al tercero, la invité a cenar. Nadie me había hecho sentir así. Cuando me escribió “aún conservo el calor de tu cuerpo en mi cuerpo”, entendí que algo nuevo me estaba ocurriendo. Por primera vez alguien me veía con ternura y deseo. Aquella noche escribí mi primer poema de amor, un poema lésbico, y sentí que había despertado de una larga vida sin emociones.
El amor y sus estaciones
¿Cómo afrontaste ese descubrimiento a los 60 años?
Fue hermoso y doloroso a la vez. Ella era mucho más joven y lo entendí con el tiempo. Agradezco que se alejara antes de que el sentimiento creciera más. Me regaló el descubrimiento de mi verdad. Gracias a esa historia comprendí que el amor no tiene edad ni reglas. Aprendí que amar no depende del género, sino de la honestidad con que se vive. Esa fue mi auténtica liberación.
¿Cómo reaccionaron tus hijos al conocer la historia?
Les hablé con miedo, pero me dieron amor. Mi hijo me dijo: “¿Tú crees que no me había dado cuenta? Hiciste mal en dejarla, porque tarde o temprano se habría dado cuenta del tesoro que tenía delante.” Mi hija añadió: “Si lo hubieras sabido antes, habrías tenido más tiempo para ser feliz.” Yo respondí: “Si lo hubiera sabido antes, ustedes no estarían aquí.” Solo por tenerlos como hijos ha valido la pena todo. Ellos son mis aliados, los padrinos de mi boda.
Una historia de amor
¿Cómo conoció a Carmen Cazorla, tu actual esposa?
La conocí en Facebook. Yo utilizo las redes para mis luchas feministas y un día Carmen puso un “me gusta” en una foto mía. Empezamos a conversar y en uno de esos mensajes le escribí: “No me sigas, camina a mi lado.” Esa frase marcó nuestro destino. Decidimos conocernos en Madrid. Cuando nos vimos, nos abrazamos como si nos esperáramos desde siempre. Desde entonces caminamos juntas, compartiendo la vida, el arte y la complicidad.
¿Por qué decidieron casarse?
Queríamos decirle al mundo que el amor no tiene edad. Nos casamos a plena luz del día, porque además de ser dos mujeres, éramos dos mujeres mayores. Quisimos reivindicar nuestro derecho a amar y a vivir sin escondernos. Lo hicimos por amor, pero también por justicia. Nuestra boda fue una celebración de la libertad, una declaración de que los sentimientos no caducan.
Vida compartida
¿Cómo es la convivencia entre ustedes?
Vivimos en armonía, con paciencia y ternura. Nos cuidamos mutuamente. Cuando una se siente mal, la otra se inquieta. Nos entendemos con la mirada y con los silencios. En realidad, eso es lo que se busca: tener una mano que sostener cuando llega la hora. Carmen es mi compañera de vida, la que me recuerda que amar es resistir, que la vejez no está reñida con la pasión ni con la esperanza.
¿Qué les diría a las mujeres mayores que aún no se atreven a vivir su verdad?
Que no teman. Que el amor no entiende de edades ni de etiquetas. Que no se priven de sentir por miedo al qué dirán. Muchas no saben lo que se pierden por esconderse. Yo viví muchos años reprimida y ahora vivo en paz. Mi mensaje es simple: hay que vivir con autenticidad, sin pedir permiso. Amar es un derecho, no un privilegio.
El legado y la palabra
¿Qué papel tiene hoy la escritura en tu vida?
La poesía me salvó. Escribo desde el alma, sin filtros. En cada verso revivo el temblor del descubrimiento, la alegría del amor y la serenidad de aceptarme. Aurora Ocaso, mi libro, nació de ese proceso. La palabra me permite reconciliarme con mi historia y tender puentes hacia otras mujeres. Escribir es una forma de sanar y también de dejar testimonio de que el amor puede ser libre y luminoso.
¿Cómo te gustaría ser recordada?
Como una mujer que se atrevió a ser ella misma. No quiero monumentos, solo respeto. He amado, he luchado y he vivido sin esconderme. Mi vida ha sido un camino de búsqueda y de hallazgos. Si algo quiero dejar es la certeza de que nunca es tarde para ser libre. Cuando me llegue la hora, quiero partir cogida de la mano de Carmen y poder decirle al mundo: he vivido y muero con dignidad.
El testimonio de Lorenza Machín es un canto a la autenticidad y a la libertad. Su relato une la fuerza del activismo con la ternura del amor maduro. En su voz resuena el coraje de una generación que rompió silencios y aprendió a quererse sin miedo. Desde Agaete, en esta conversación con Marisol Ayala, la poeta canaria nos recuerda que la edad nunca es obstáculo para volver a empezar y que el amor, cuando es verdadero, siempre llega a tiempo.
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