Hay una frase que repetimos sin pensar: "tengo que organizarme mejor", "debería haber hecho esto de otra forma", "está bien, pero podría estar mejor". Son expresiones tan habituales que ni nos damos cuenta de que las decimos. Y sin embargo, ese vocabulario interno no es neutro: condiciona cómo afrontamos lo que hacemos y, en buena medida, el resultado que obtenemos.
Vivimos en un contexto que no ayuda. Las redes sociales funcionan como un escaparate permanente de logros, donde rara vez aparece el proceso, los tropiezos o las dudas. Esa comparación constante con una versión editada de la vida de los demás alimenta un diálogo interno exigente, casi punitivo, en el que el error se vive como fracaso y el esfuerzo nunca parece suficiente. El problema es que ese diálogo no se queda en lo anecdótico: con el tiempo erosiona el bienestar, la salud mental y, también, el rendimiento.
No es lo mismo decir "tengo que" que decir "quiero". No es lo mismo "debería" que "me apetece". Son matices que parecen mínimos, pero que la psicología de la motivación lleva décadas estudiando como algo determinante en cómo nos enfrentamos a los retos.
Desde mediados del siglo XX, autores como Abraham Maslow o David McClelland investigaron qué impulsa realmente a las personas y cómo se puede trabajar la motivación para construir una vida con sentido. Sus modelos —la conocida pirámide de necesidades de Maslow o la clasificación de necesidades de McClelland— sentaron las bases de algo que hoy aplicamos tanto al liderazgo de equipos como a la forma en que nos hablamos a nosotros mismos: el lenguaje que usamos para nombrar lo que hacemos influye directamente en cómo lo hacemos.
Cuando todo se presenta en clave de obligación, el cerebro lo procesa como una carga. Cuando se presenta en clave de elección o de propósito, lo procesa como un impulso. La tarea puede ser exactamente la misma; lo que cambia es la disposición con la que la abordamos.
Existe una motivación que nace del miedo a las consecuencias de no hacer algo, y existe otra que nace de la búsqueda de una recompensa con sentido, propia o reconocida por otros. La primera genera cumplimiento, pero raramente compromiso real. La segunda conecta lo que hacemos con un propósito más amplio, y eso cambia por completo la experiencia del trabajo.
Esto tiene implicaciones directas en cómo se lidera. Un equipo que se siente tratado con respeto y escuchado no solo rinde mejor: también desarrolla más capacidad de adaptación e improvisación ante lo imprevisto, algo que distintos estudios de clima laboral han confirmado en los últimos años. El liderazgo que entiende esto no se limita a repartir tareas: entiende a las personas con las que trabaja y construye, a través del diálogo, un espacio donde la motivación positiva tiene cabida.
La buena noticia es que esto también se entrena hacia dentro. Cómo nos hablamos a nosotros mismos cuando algo no sale como esperábamos, cuando cometemos un error o cuando no tenemos una respuesta a mano, marca una diferencia mucho mayor de la que solemos reconocer.
Pensemos en una situación cotidiana: alguien nos pregunta algo que no sabemos. Hay dos formas típicas de reaccionar. Una es "debería saberlo, pero no lo sé", una frase que carga con autoexigencia y deja poco margen más allá de la frustración. La otra es "no lo sé, lo voy a consultar", una frase que reconoce el límite sin dramatizarlo y abre directamente la puerta a una solución. El hecho es idéntico —no tener la respuesta—, pero el camino que sigue después es radicalmente distinto según cómo lo nombramos.
Ese pequeño giro es, en realidad, una forma de autocuidado. No se trata de autoengaño ni de ignorar lo que hay que mejorar, sino de dejar de interpretar cada imprevisto como una prueba de insuficiencia. Aceptar los propios errores y cambios de rumbo, sin la dureza con la que solemos juzgarnos, no nos hace menos exigentes: nos hace más funcionales. Permite seguir adelante con la energía intacta en lugar de gastarla en autocrítica.
La voluntad de llegar lejos —en lo personal y en lo profesional— es legítima y necesaria. El problema aparece cuando esa voluntad se convierte en una exigencia sin tregua, que sacrifica el bienestar en nombre de un objetivo que, paradójicamente, se vuelve más difícil de alcanzar cuando se persigue desde el agotamiento.
Cuidar el lenguaje que usamos para hablarnos —y para hablar a quienes lideramos— no es un ejercicio cosmético ni una moda del desarrollo personal. Es una palanca real de bienestar y de rendimiento. Sustituir el "tengo que" por un "quiero", el "debería" por un "voy a", o el "no lo sé, debería" por un simple "no lo sé, lo averiguo", no cambia la realidad de lo que enfrentamos, pero sí cambia por completo la forma en que la afrontamos.
En un entorno que premia la imagen de éxito permanente, recuperar un diálogo interno más honesto y menos exigente puede ser, precisamente, la clave para sostener el camino a largo plazo. No se trata de exigirse menos, sino de exigirse mejor.
Prеsеn Simón еs consultora dе еmprеsa, formadora y comunicadora еspеcializada еn lidеrazgo, gеstión dе еquipos, igualdad y biеnеstar еn еl еntorno laboral. Socióloga dе formación y mеntora еjеcutiva, cuеnta con una amplia trayеctoria acompañando a organizacionеs y pеrsonas еn procеsos dе cambio, dеsarrollo profеsional y mеjora dеl clima laboral.
Ha trabajado con еmprеsas dе rеfеrеncia еn Canarias y a nivеl nacional, disеñando е impartiеndo programas dе habilidadеs dirеctivas, igualdad y acoso laboral, gеstión еmocional y convivеncia еn еl trabajo. Como comunicadora, ha sido tеrtuliana, spеakеr y prеsеntadora еn distintos еspacios y еvеntos, y colabora еn mеdios dе prеnsa digital y radio, dondе aporta una mirada clara, cеrcana y humanista sobrе еl mundo dеl trabajo y las rеlacionеs personales y profesionales.
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